• Marcos Alcaraz

Cruella: El Joker viste de Prada


Cuesta pensar en los 101 dálmatas sin que la afamada canción al piano de la película no aflore en medio de tus pensamientos: Cruella De Vil, Cruella De Vil, es todo un espanto, Cruella De Vil. La infancia de varias generaciones cuentan con dicha melodía en el fondo de sus recuerdos, típica reminiscencia que aflora en un día vulgar y que persigue durante horas, hagas lo que hagas, siguiendo dicha tonadilla: Cruella De Vil, Cruella De Vil…

Disney a día de hoy es una entidad gigante que funciona de forma similar al resto de grandes corporaciones, sean cual sea el producto a ofrecer. Si los clientes potenciales demandan nostalgia, hay que ofrecerles morriña hasta que se harten, momento donde se acabará ofreciendo otra cosa a paladas, y así hasta que los beneficios se sucedan de forma continua. En los últimos años no se han conformado con ofrecer adaptaciones de sus clásicos más afamados en acción real, sino que para seguir desplumando a la gallina de los huevos de oro, han decidido seguir expandiendo su propio universo poniendo el foco en las némesis de sus héroes: los villanos.

Como corporación multimillonaria, Disney sabe perfectamente qué quiere el usuario y cómo fluctúan las modas y los gustos de la actualidad. No hay que tener un doctorado en materia audiovisual para darse cuenta que en estos últimos lustros la sociedad hemos puesto foco en el malo de la película, los comúnmente llamados “antihéroes”. Nos atrae la oscuridad y el camino inverso al recorrido por el héroe, pero para evitar sentirnos mal con nosotros mismos, también esperamos que dicho villano acabe ofreciendo cierta redención en sus actos. Así, ahora nos han hecho entender que el Joker es un psicópata asesino porque la sociedad así lo dispuso, y Disney -sabiendo también que gran parte de su público es infantil- nos ha explicado que Maléfica tampoco era tan villana: era una simple incomprendida a la que putearon bastante la vida. Y en el día de hoy, en Cruella (Craig Gillespie, 2021) nos argumentan, sin sonrojo alguno, que la malvada Cruella De Vil, despellejadora de perros para forrar su colección de invierno, es así de singular porque unos dálmatas mataron a su madre cuando era niña. Y con eso, pues estamos obligados a mirarla de otra forma. O al menos, eso es lo que intentan.

Ese es el punto de partida de la película de Craig Gillespie, director de I, Tonya (2017) y que vuelve a exponer en Cruella la misma metodología de aquella notable cinta: ritmo envenenado -muy deudor de Scorsese- acompañado de un continuo hilo musical de grandes éxitos de la época dónde está basada la obra, rodada con dinamismo y finalmente excediéndose en grado sumo en su duración. Sí que es verdad que I Tonya no partía de un punto de partida tan endeble como Cruella, lo cual provoca que aquello que funcionaba con estilo en su anterior film aquí se vea impedido de volar alto: es inevitable pensar que Cruella es un producto sacado de la reunión alargada de una mesa de productores, quienes pensaron que sería una idea extraordinaria combinar la celebridad del Joker con una cinta tan popular como El Diablo Viste De Prada: una de esas ideas de bombero que acaban dando réditos económicos a corto plazo -al fin y al cabo, lo que buscan- pero que impiden que la obra artística pueda sobresalir por sí misma. Para tratar de humanizar a una villana de tal calibre, Cruella se pasa por el forro la obra original, a la que a base de dialogar con ella acaba retorciendo y cambiando al completo -para prueba, la vil escena postcréditos. Con este material, Gillespie ha hecho lo que ha podido, y ha conseguido que Cruella destaque por encima de otras adaptaciones de la misma casa Disney como las mediocres, por no decir horrorosas, Aladdín o Mulán.

En buena parte, Cruella funciona gracias al buen hacer de Gillespie y en especial por ese dúo interpretativo entre las dos Emmas: la joven Stone, en un papel protagonista que igual no era a su medida pero que ella se encarga de hacernos creer que sí, y la veterana Thompson, que roba cada escena donde aparece haciendo prácticamente la obra suya. Entre ambas tiran de un producto demasiado estirado y cuya existencia es muy difícil de justificar, lastre que acaba imposibilitando que se pueda valer en las grandes ligas. Aún así, crea un producto propio y distinguible al resto de adaptaciones: cuenta con estilo, logra transportarnos a unos confusos años 70 y consigue arrastrarnos a un carrusel de entretenimiento, bien acompañados por una banda sonora plagada de grandes temas -para el que aquí suscribe, lo mejor de la cinta-, ofreciendo una canción tras otra y acercando por momentos la obra al musical. Cruella no tiene razón de ser, excusa alguna para mostrarse ante nosotros: no obstante, no limita su capacidad para ser disfrutable. Y al final, todos recuperamos la icónica tonadilla: Cruella De Vil, Cruella De Vil...


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