• Marcos Alcaraz

El signo de los tiempos



Empiezo a afrontar este texto intentando recordar mi primer contacto con la música de Prince, pero es imposible: siempre estuvo ahí. Me llegan vagos imágenes de infancia con Purple Rain sonando en el salón de mi casa mientras yo, pobre mocoso, jugaba con mis juguetes en mi habitación. También me aparecen leves visiones de encontrármelo en la televisión, seguramente en uno de los tantos programas musicales que se realizaban en aquella época y que han desaparecido en masa de la televisión. Le recuerdo como un tótem a la altura de esos personajes que no sabes qué han hecho ni cómo pero sabes perfectamente quiénes son, como Michael Jackson o Stephen Hawking: tan cotidianos pero a la par irreales como un personaje de cómic.


Sí que soy capaz de concretar más respecto a la primera vez que lo escuché por mi propia voluntad. Rondaría los 14 o 15 años, la edad donde descubrí casi la totalidad de los discos que han marcado mi vida musical. Qué me llevó a coger aquel CD de la estantería de mis padres no me viene a la cabeza: seguramente simple curiosidad, o ganas de desmontar una deidad musical, pasatiempo entretenido cuando eres un adolescente odioso. Todos mis prejuicios se desmontaron a los cuatro minutos mientras alucinaba con el solo de Let’s Go Crazy y sólo me quedó adoración juvenil cuando terminó de sonar Purple Rain. Si esperaba encontrar pop risible desde luego que me había equivocado de objetivo. Todavía me vi más sorprendido cuando descubrí que aquel disco no era un recopilatorio sino un simple y llano disco de estudio. ¿Cómo era posible? Aquel disco lo tenía todo. Aquel disco era perfecto.





Obsesionarme con aquel disco me llevó a descubrir un personaje fascinante. No podía poner sus canciones a mis conocidos dado a que su música no aparecía en ninguna plataforma digital, todo acorde a una búsqueda de control absoluto de su producción musical -la cantidad de abogados que rebuscaban cualquier canción aislada por Internet era alocada- así que me refugié en dos vídeos. Y qué videos: su espectacular aparición en la Superbowl en la que posiblemente sea la mejor actuación de todas las realizadas; o aquella vez que tuvo sexo con la música homenajeando a George Harrison tocando con Tom Petty, Jeff Lyne o Steve Winwood en el When My Guitar Gently Weeps más salvaje que se recuerda. No hicieron falta muchas más aportaciones para saber que hablábamos del músico más completo posible: un bailarín inmenso; un cantante excelente; bajista y batería por encima del promedio; y por encima de todo uno de los guitarras más excelentes que yo haya podido escuchar. Aquel tipo moreno, bajito y tan amanerado era realmente fascinante en cada momento.


Era curioso verlo en entrevistas donde forzaba tu capacidad auditiva con su hilillo de voz tímida y casi introspectiva cuando cinco minutos antes de sentarse en aquella silla había quemado el escenario. La música transformaba a Prince y éste transformaba a la música, pues por encima de todo fue su gran amor. Una anécdota suya que me encanta: muchas veces, cuando terminaba de realizar uno de sus impresionantes directos, que rara vez duraban menos de dos horas si no directamente tres, llegaba a los oídos de algunos asistentes que después de aquel excesivo espectáculo donde lo había dado todo Prince iba a aparecer en uno de los locales de la ciudad para tocar una jam con amigos y conocidos. Dichas sesiones que solo disfrutaban privilegiados dado su secretismo se podían alargar hasta el amanecer. ¿Cómo no alucinar con alguien tan dedicado a su profesión?


También fue alucinante descubrir su extensa y también irregular discografía, muy a menudo completamente irresistible, pues no solo de Purple Rain vivió el genio. También contaba con una obra maestra tan completa y variada como Sign O’ The Times, donde unía tres álbumes inacabados en un único doble que mostraba todo su potencial artístico repasando todas sus influencias musicales; también maravilla en Parade, extasiaba en 1999 o sorprendía abrazando la psicodelia en Around The World In a Day. Gracias a la variedad de su colección la música de Prince me ha acompañado en gran cantidad de momentos vitales: ha estado presente en aquellos malos, pero especialmente en los buenos. Y en buena medida eran buenos gracias a él.


Precisamente esa capacidad de aportar luz incluso en momentos donde todo estaba nublado es la que me hace recordar hoy a Prince Rogers Nelson cuatro años después de que nos dejara inesperadamente el mismo año además que David Bowie, por si ya su ausencia fuese poco. Ahora, con toda su música disponible en la red -al final los unos y ceros ganaron la partida, señor Nelson- no puedo evitar mirar atrás y recordar desde aquellas tardes donde era la banda sonora de mis tardes con muñecos a aquellas veces que andaba por el pueblo rozando el baile mientras su música atronaba por los auriculares. A aquellas mañanas en las que solo pincharlo ya hacía bueno el día; a aquellas noches con amigos donde me disponía a demostrar que aquel moreno bajito era el guitarra más espectacular jamás visto. Pocas muertes de aquellos que no he conocido en persona me han tocado: una de ellas es la de “el genio de Minneapolis”. Entristece saber que no disfrutaré más de haber coincidido en el tiempo con él, pero al mismo tiempo cuento con el privilegio de haberlo hecho en parte. La vida sigue pese a que el signo de los tiempos no anuncie épocas mejores. Larga vida a Prince Rogers Nelson y a todos aquellos capaces de animarnos nuestro largo discurrir por la intrascendencia.




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