• Marcos Alcaraz

Ennio Morricone y la melodía del reloj



Es difícil quedarse con una única escena que haya marcado ese momento de tu vida donde el cine pasa de ser un simple divertimento a formar parte de ti. Hay una cierta cantidad de imágenes en mi historial que podrían aspirar a dicho reconocimiento: entre ellas, varias de las que acuden a mí con mayor viveza tienen el mismo nexo de unión: dos pistoleros manteniéndose las tensas miradas antes de que la tonadilla de un reloj marque el punto que de fin a su combate; ese fascinante vaquero que empuñaba su armónica en el fondo del bar, provocando la extrañeza de todos aquellos tipos rudos que le observaban con respeto; el pequeño Salvatore correteando por las calles de su pueblo en ese momento donde Cinema Paradiso pasaba del placer culpable a lo excepcional: y como tantos otros, el semblante de Clint Eastwood y su inseparable poncho, luciendo cara de malas pulgas mientras masca un cigarro que amenaza continuamente en entrar en su boca. Todas esas imágenes forman parte de mi memoria en gran medida por la conexión que establecen entre fotografía y banda sonora, siendo incapaz de considerar una sin que emerja en el recuerdo la otra. Hoy es un día que muchas de estas evocaciones se agolpan en tropel y mi cerebro viaja de una en otra al son de fascinantes melodías: en el día de hoy, quien dio armonía a tan buenos recuerdos nos ha dejado.


Enumerar los motivos por los que Ennio Morricone se ha convertido en un icono del arte cinematográfico es reiterativo, pero sí que es necesario remarcarlo: no en vano hablamos del compositor que convertía buenas películas en arte y grandes películas en leyenda. Su sociedad con Leone puede ser de las más beneficiosas del cine, siendo imposible considerar en estas el trabajo de cada uno de ellos de forma individual. ¿Quién no ha silbado cualquiera de las aperturas de la Trilogía del Dólar? ¿Cómo es posible desconectar de una saga que te dan semejante recibimiento y que te despiden con piezas como The Ectasy Of Gold, la banda sonora de un duelo inolvidable al que nunca quieres dar final, dada la belleza sonora que lo rodea y lo impulsa? Esta unión indisoluble seguiría brillando en obras magnas como en Hasta Que Llegó Su Hora o Érase Una Vez En América, un resplandor imborrable desde el instante que tuvo lugar: Leone era quien nos secuestraba, pero Morricone era quien nos retenía. Fuera de esta página de oro que ha marcado a tantas generaciones de espectadores, Morricone siguió convirtiendo buenos trabajos en clásicos: es difícil imaginar que Cinema Paradiso nos hubiera emocionado de igual manera sin su partitura; sería probable que muchos hubieran olvidado La Misión sin aquella canción de oboe; no sería descabellado que Los Intocables de Eliot Ness hubiese convencido a tantos sin su compañía. Son más de 400 películas en 91 años para un hombre que compuso e interpretó hasta el último de los días: Quentin Tarantino fue el último de los muchos beneficiados por ello, en una lista que incluye a Polanski, Carpenter o Malick, entre tantos otros.


Se marcha una de esas personas tocadas por lo divino y que te acompañan en tantos momentos de tu vida que se ganan el derecho de ser considerados amigos cercanos aunque siquiera hayas necesitado mediar con ellos una sola palabra: no lo ha necesitado para proporcionarte tantas alegrías y satisfacciones, tantos recuerdos vividos perennes y emotivos. Es inevitable recurrir a esa frase tan manida que señala que un artista nunca muere, sino perdura en su propia obra: pero se hace imposible evadirse de una verdad así escuchando cualquiera de las partituras de Morricone, un hombre por encima de su propia existencia cuya mayor especialidad era dotar de vida señalando al espectador cuándo la muerte iba a hacer acto de presencia. Todo el séptimo arte ha entrado hoy en duelo: la melodía del reloj ha dejado de sonar.



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