• Marcos Alcaraz

La gala de los Óscar o el premio al mayor sopor nocturno



Ya lo dijo mi padre en una ocasión: nada que te haga trasnochar termina de merecer la pena. Lección que uno aprendió cuando intentó aficionarse a los partidos de baloncesto americanos, que se disputan a las dos de la mañana locales y que tan espectáculo se supone que son, pero por desgracia o capricho del destino coincidía siempre el peor de ellos con el que realizaba un esfuerzo por ver y no dormir. Desde entonces, intento llevar la lección aprendida: no quedarme a ver en riguroso directo nada que no esté muy alejado de mi latitud geográfica.

Por desgracia uno es tendente a incurrir en errores una vez ya los ha realizado, y una noche un tanto lúdico-festiva que finalizó en un proceso de insomnio me llevó a acabar sintonizando los Premios Óscar. Me comentan que hay gente que llega a pedirse el día libre en el trabajo para poder visionar la gala sin preocupaciones: jamás he visto un día no laboral más desperdiciado. Este tipo de galas, salvo sorpresa, suelen ser un absoluto coñazo y en concreto la celebrada el pasado domingo se lleva la palma por encima de todas ellas. Es evidente que con la pandemia no era posible un espectáculo en condiciones, con sus números musicales, su reunión absoluta de estrellas ni ningún aspaviento similar, pero tampoco es excusa para aburrir al espectador de esta manera tan escandalosa. Si reunir a una multitud en un escenario era difícil si no directamente imposible, ¿tan difícil era acudir a un comediante para que hiciera chistes de vez en cuando? ¿No saben en Estados Unidos las implicaciones del vídeo ya grabado de antemano? La gala se sucedió sin pasión alguna, con presentadores testimoniales que presentaban a los nominados como si nadie les conociera, como quien presenta en una fiesta a un amigo invitado sin avisar previamente, hasta que se anunciaba al ganador, largaba un discurso más largo de lo habitual y vuelta al ruedo. Una sucesión tediosa y pesada únicamente interrumpida para realizar algo tan soporífero como un homenaje demasiado hablado a todas las víctimas de la pandemia. En definitiva: si esa noche estaba aquejado de insomnio, tan solo poco más de una hora de ceremonia acabó con todos mis problemas.

En ese sentido, podemos presumir aquí de que los nuestros salieron mejor parados a la hora de adecuar la velada a los tiempos pandémicos que vivimos: en los Goya tuvieron tres ideas que hicieron que esta ceremonia fuera mucho más liviana y agradable que la vivida en Los Ángeles el pasado domingo: en primer lugar, un presentador que cohesionara el conjunto y que diese mayor velocidad a la gala; videos grabados de aquellas estrellas que no pudieran estar en el teatro en ese momento, una idea que ateniéndonos a la falta de glamour vivida en los Óscar hubiera sido muy agradecida; esa toma tan celebrada que conectaba en las pantallas del escenario principal a un montón de profesionales del sector, un alarde de imaginación visual que sorprende que no se les ocurriera a aquellos que, por lo general, dan sopas con hondas al panorama español.

Respecto a los premios otorgados, muy pocas sorpresas más allá del extraño orden en el que se entregaron las estatuillas: mejor dirección a la mitad de la ceremonia, un inicio con los mejores actores secundarios, y un extraño final donde se anunció a la mejor película, principal trofeo de la noche, con dos apartados todavía por disputar. No se entendió que se ofrecieran los ganadores a mejor actor y actriz del año después de ofrecer el premio gordo más allá de que fuera para realizar un homenaje a Chadwick Boseman, desaparecido por culpa de un cáncer y nominado a título póstumo, llevado a cuestas por un relato construido a base de ser el vencedor de todo premio anterior a este. Y sin embargo, la Academia salió por peteneras y en vez de concedérselo a quien se le pedía, se lo dio a quien más se lo merecía: a Anthony Hopkins, quien en The Father estuvo más brillante de lo que ya es usual. Un hecho que contradice todas las normas establecidas de las galas de premios: estas cosas se dan a quienes van a jubilarse, quienes se marchan o a quienes nos han dejado. Para eso están hechas y por ese propósito se crearon: no suele valorarse la meritocracia y si van a empezar a hacerlo, que avisen de antemano, no sea que luego lleguen los lloros.


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