• Marcos Alcaraz

Lady Gaga - Chromatica



No vamos a decir nada que no sepamos respecto a la fulgurosa irrupción en la actualidad pop de Lady Gaga a finales de década de los dos ceros, arrasando en cada lista y sonando en cada rincón del planeta, creando un personaje por momentos discutible pero de innegable fuerza y al que siguieron millones. Inevitablemente, a fuerza de exagerar esa particularidad tan especial que le llevó a crear himnos pop perfectos como Poker Face, Just Dance o Bad Romance acabó por degenerar su propia imagen para terminar diluyendo su propia propuesta como nos mostró Artpop (2013), donde en un intento por acercarse a lo conceptual perdió por el camino su principal fortaleza: su capacidad para lo liviano a pesar de las múltiples capas de excentricidad.


Tras este chasco llegó un giro realmente sorprendente en su carrera: Gaga renegó de casi la totalidad de su propuesta girando hacia el country en Joane, donde nos presentó a su nueva personalidad vendiéndonos que, por primera vez en su trayectoria, estaba haciendo música que la representaba sin ambages, un salto hacia la madurez donde afirmaba desnudarse y lanzaba dardos contra la presión de la fama y de la industria. Este giro, apoyado por su interpretación en A Star Is Born de un papel que bebía en buena medida de ella misma, daba contexto a esta narrativa definiéndose como un verso libre al que la industria musical había fagocitado convirtiéndola en un mero producto plástico. Ahora, con aquel country realmente mediocre, estábamos ante la verdadera Lady Gaga. Aquel reniego convertía todo lo que le había funcionado en falso. ¿No era válido entonces todo lo que había realizado hasta entonces? Y si la respuesta es afirmativa, ¿Qué quiere decirnos por lo tanto en este nuevo Chromatica? Aquí Gaga aparta a ese personaje adulto que apuntaba a ser un nuevo paso en su carrera para volver de nuevo a mezclar el pop con EDM: en este trabajo no hay una sola balada ni nada que suene remotamente acústico, repudiando de este modo aquel paso y buscando volver a la piel mudada.


Una vez sustituida una piel no es posible recuperarla como si nada y ahí reside el principal inconveniente de Chromatica, al lucir como un mero intento de Gaga de evitar la deserción de los seguidores que amaban su parte más lúdico-festiva y a quienes había dado la espalda con su nuevo personaje adulto, cayendo inevitablemente en lo forzado. Vuelve a su sonido primigenio, al pop electrónico de hace diez años -aquel tiempo donde sí tenía algo que decir- con un enfoque disco-dance noventero para crear un álbum de espíritu juguetón y donde se palpa su naturaleza prefabricada, llamativo cuando proviene de una artista que nos mostraba su rechazo hacia la obligación de hacer artificial su propuesta original. De este modo nos encontramos con 43 minutos que no chirrían pero se disipan sin dejar poso alguno, que roza el bochorno en sus puntos más postizos -la colaboración con Ariana Grande no aporta nada que no sea su propia firma- y en otros llega a entretener, justamente donde más se acerca a cierta naturalidad en su propuesta al despojarse de necesidades, como en la adictiva 911, o la errática aunque felizmente boba -para bien- Sour Candy, aunque el que sin duda es el mejor tema del largo llega justamente al final; Babylon, una especie de revisión de Vogue de Madonna, funciona muy por encima del resto del conjunto.


Chromatica nos refleja a una Lady Gaga agobiada luchando por evitar el abandono de sus seguidores, introduciendo todo lo que demandan sus fans de ella y que le funcionó en los comienzos de su carrera: enfatizar su lado diva, cantar sobre autoestima y recuperar un EDM por momentos eurovisivo. Y simplificando su propuesta a lo mínimo, siendo un simple boceto de sí misma, no logra tapar su mayor costura: no tener realmente nada que decir.



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