• Marcos Alcaraz

Los alemanes que nunca sonríen


El Fernando Torres del mundo alternativo / RollingStone.

La creación de un mercado global a través de las plataformas digitales ha posibilitado que no todos los éxitos que dan la vuelta al mundo lleguen únicamente de Estados Unidos. De este modo, plataformas como Netflix han tenido grandes éxitos que no han necesitado recurrir al lenguaje anglosajón: en España tenemos de ejemplo a La Casa de Papel, y en Alemania al fenómeno Dark, serial que se aprovechó de la irrupción de Stranger Things en su mismo servicio al recoger a todos los espectadores que quedaron con ganas de aventuras juveniles con ciencia ficción de fondo. En su primera temporada, Dark mezclaba a unos cuántos claros referentes del género mientras daba vueltas a varios de los conflictos habituales del pueblo alemán, siendo principal el tormento por los actos pasados y el deseo de cambiar su propia historia, sin olvidarnos tampoco de conflictos como el predominio histórico de la energía nuclear y sus consecuencias derivadas, eje que vertebra esta narración de viajes en el tiempo en Winden, un pequeño pueblo rural germano.


En dicha primera temporada, Dark se veía beneficiada de su capacidad para realizar preguntas sin tener todavía la necesidad de ofrecer todas sus respuestas, manteniendo de ese modo una intriga constante con la que tapaba su defecto principal: la psicología de sus personajes principales trazada con brocha gorda, cuya única razón de ser se había reducido únicamente a ser utilizados como motor para continuar la historia. Y una vez el éxito cubrió de gloria a sus primeros capítulos, llegó la esperada continuación, y con ello la necesidad de responder a los interrogantes abiertos mientras mantenía el nivel de sus seguidores. Fue ahí cuando Dark se empezó a resentir: cuando el relato pedía empezar a trabajar en cómo afectan a sus caracteres las consecuencias de sus actos, Dark se encerró en una imperiosa necesidad de ofrecer sorpresas continuas liando cada vez más el relato. En ese punto se empezaron a notar sus costuras, con sus personajes convertidos en mero vehículo para aportar el siguiente giro y con sus recursos dramáticos subrayando de tal manera la gravedad de lo mostrado que han acabado en convertirse en tics risibles -véase la insoportable cantidad de miradas intensas que se viven en cada capítulo, o su cargante banda sonora subrayando cada escena, o su caída en ese énfasis habitual del audiovisual en los últimos tiempos de evitar a toda costa cualquier sonrisa o toque cómico para enfatizar en cuán serio es lo exhibido.


Netflix ha estrenado el pasado día 27 de junio la tercera temporada, cierre final de la serie y donde sin hacer un spoiler de gran tamaño -gracias a la cantidad de giros de la serie, contar uno deja totalmente igual al que no la esté viendo- se empieza a utilizar una dimensión alternativa para dar otra vuelta de tuerca a un relato que cada vez respira con más dificultad. Sus personajes, desprovistos ya de cualquier personalidad, marchan de un lado a otro de la historia, siendo héroes o villanos según interese o haya necesidad, moviéndose en un mundo alternativo que sofocaría -por aburrido- a David Lynch mientras los manierismos de la serie se han elevado al máximo: cada capítulo es una hora de poses intensas, conversaciones pseudofilosóficas -buscar la profundidad del relato mediante frases pomposas acerca más que aleja a Paulo Coelho- y giros telenovelescos. Todo es ya posible en ese reducido pueblo alemán, quizá el más endogámico de la pequeña pantalla, repleto de alemanes cuya principal característica psicológica es mantener el rictus facial como si padecieran un terrible estreñimiento. La risa está totalmente prohibida en Winden: no vaya a ser que una leve sonrisa nos haga darnos cuenta de tanto absurdo.


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