• Marcos Alcaraz

Los hijos musicales de la cuarentena



En el momento donde me siento enfrente de mi portátil a escribir las siguientes líneas nos encontramos en el tercer día del mes de abril. Ahora mismo, todo acontecimiento del futuro es una total y absoluta incógnita: en el mundo que nos rodea, el musical, en concreto es una incógnita con una sombra alargada de fatalismo.


Los presagios no son buenos en una industria cada vez más apoyada en el espectáculo en vivo, que supone la principal -y para muchos única- fuente de ingresos de los artistas. A tres de abril que fecha hoy, nadie sabe con exactitud cuánto va a durar el confinamiento, y especialmente no sabemos por cuánto se prolongará el envite del coronavirus y cómo afectará a nuestro día a día cuando abracemos cierta normalidad: aquí y ahora cuesta creer en un mundo donde no se realicen restricciones a las reuniones, no ya masivas, sino que hagan algo de bulto, lo que limita la posibilidad de realizar conciertos y festivales en los meses venideros. La gran pregunta qué rodea a todas nuestras cabezas no es el cómo, es el cuándo.


Ahora que se avecinan en el calendario los festivales de verano, grandes citas como el Primavera Sound se han visto afectadas por la crisis y en caso concreto del evento barcelonés -que se realizaba en el primer fin de semana de junio- se ha visto obligado a postergar sus fechas hasta el mes de septiembre. Con toda probabilidad, otras citas relevantes del calendario festivalero se verán obligadas a modificar sus fechas o directamente, en la decisión más probable dada la dificultad para trasladar eventos de tales magnitudes, a anunciar la cancelación. La sombra de la suspensión desciende no sólo ya sobre aquellos con fechas en junio: también se muestra prominente en el mes de julio, mes que reúne varias de las principales citas de nuestro estado. BBK Live, Mad Cool o Resurrection Fest tiemblan ante una posibilidad cada vez más cercana y real.


Del mismo modo, aquellas giras que iban a amenizar los meses venideros empiezan a caer imitando el derrumbe sistemático de las fichas de dominó, lo que afectará en buena medida a las estrellas de la música pero que golpeará con fiereza y sin paliativo alguno a todos aquellos que conforman la clase media musical, aquellos que más que un hobby realizan una profesión. Se avecinan meses muy duros para ellos -como también para muchos de nosotros, lo cual no quita razón alguna- que en casos más fatalistas podrían suponer el abandono de carreras trabajadas con tesón, la disolución de muchas bandas al tener que buscar, en caso de que las restricciones se alarguen indefinidamente en el tiempo, otras vías de financiación.


No es nuevo que la industria discográfica anda tambaleante desde hace años, más bien directamente comatosa, apoyándose en soportes digitales como el bien conocido Spotify que no aporta dinero suficiente para sostener nuevos lanzamientos con todo el proceso que conlleva detrás, y que suponga de nuevo el principal sustento de los músicos es directamente una quimera, más en un momento donde la compra física en muchos lugares es imposible con tiendas y centros cerrados. Razón por la que se está postergando muchas publicaciones de discos a meses en los que a priori podremos al menos sostener la edición física.


Ninguna de estas reflexiones son positivas aunque sí razonables, como también es razonable fijarse en una posibilidad con más positividad: gran parte de los artistas musicales llevan a un creador dentro, y este momento de suspensión total, sin quehaceres principales, llevará a muchos de ellos a refugiarse en sus instrumentos, y con ello, en la composición musical. Si bien el número de lanzamientos quedará pausado, la historia de la creación artística nos apunta que este momento de retroceso invite a los autores a escribir nuevas canciones: puede que nos encontremos en un momento de transición e interludio hacia una catarata de lanzamientos musicales continuados, y con ello a una explosión cultural de peso en los años venideros. De momento sólo es una cábala, como cábalas son todo lo que nos espera en los próximos meses: pero si esta extraordinaria situación desemboca en un acaudalado número de propuestas musicales, podremos considerar a estas creaciones como los hijos musicales de la cuarentena, la descendencia formada en un período gris: la recompensa después de toda esta travesía en el desierto.


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