• Marcos Alcaraz

Mank y los delitos de Fincher


Hablando de cine clásico, hemos de aceptar el inevitable paso del tiempo. La tan cacareada mejor película de la historia durante décadas, Ciudadano Kane, hace años que cuesta encontrarla en los listados que hablan de las mejores obras que jamás se hayan hecho con una cámara: ha dejado en su lugar a obras como El Padrino, quien tarde o temprano también dejará de ser un referente para las nuevas generaciones y acabará siendo reemplazada en el trono por otra que haya marcado más a los cinéfilos del futuro. Es el signo de los tiempos quien provoca que toda la revolución que supuso la obra maestra de Orson Welles haya perdido foco para unos espectadores que no entienden cuán destacada era la diferencia artística entre Kane y sus coetáneas. No hace mucho, todos entenderían la referencia cuando hablásemos de Rosebud: ahora habría de explicarlo señalando al episodio de los Simpson donde Burns buscaba a Bobo, su osito de peluche.

No quita toda la calidad artística ni la fuerza de la revolución que impuso el debut cinematográfico de Orson Welles, un antes y un después absoluto que ha marcado a continuas generaciones ya sea de seguidores cinéfilos como de propios creadores. Incluso a ojos de un estudiante audiovisual a día de hoy supone un absoluto torbellino, con sus planos manieristas y sus movimientos de cámara inesperados. En dichas generaciones se encuentran tanto David Fincher como así su propio padre Jack, periodista que escribió de vez en cuando y quien dejó semiacabado el guion de Mank, que ahora llega a nuestros televisores una vez su hijo le ha dado forma 17 años después de la muerte del progenitor. Mank nos relata momentos clave de la historia de Herman J. Mankiewicz, un afamado guionista que realiza el guion de Ciudadano Kane y quien gana el Óscar junto a Welles por su trabajo. Lo hace utilizando numerosos flashbacks que nos explican la relación de Mank con el mundo de Hollywood y en concreto con William Randolph Hearst, magnate absoluto de los medios de Estados Unidos y en quien basa el personaje principal de Ciudadano Kane. Para acercarnos más a esa época ya perdida y realizar la recreación más fidedigna posible, Fincher rueda en un fantástico blanco y negro digno de elogio -hay que felicitar a Erik Messerschmidt, director de fotografía del film, por su estupendo trabajo- y reúne un casting de perfil medio liderado por ese actor capaz de todo que es Gary Oldman. Visto en perspectiva, en Mank se reúnen muchos elementos para que una notable película tome forma. Desgraciadamente, no es así.

No es así porque Fincher comete varios errores clamorosos que acaban lastrando el conjunto, aunque hemos de ser justos y compartir sus equivocaciones con su padre, autor principal del guion. Fincher padre e hijo consideran que todo su público potencial tiene unas nociones básicas de cine y evita a toda costa cualquier posible explicación de sobra de quien aparece en pantalla, hasta tal punto que es costoso reconocer quién está apareciendo en pantalla. Entiéndase que yo como cinéfilo pueda ponerme firme cuando escucho el nombre de Joseph F. Mankiewicz, pero para el público general, presentado como el hermano Joe en un par de ocasiones, es un nombre más sin mayor relevancia que su parentesco familiar. Hablamos de uno de los mejores directores que hayan pisado Hollywood, y Fincher considera que deberías ser capaz de reconocerlo incluso con las pintas más ligeras, pero afrontemos la realidad de que no tiene por qué ser así. Por tanto, intentar no tratar como estúpido al espectador acaba pasando factura en la presentación y composición de los personajes. A quien todo esto le quede de lejos, acabará mareando tratando de entender cuáles son las relaciones y las motivaciones de quienes forman parte de Mank. Quizá no fuera un motivo de peso si el guion no fuese tan reiterativo y pesado, perdiendo el foco en varios momentos y no termina de encontrar la manera adecuada de relatarnos cómo fue el procedimiento por el que Mank decidió crear su mejor obra como guionista cargando contra uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos. Da rabia que por momentos lo consigue ofreciendo así instantes de gran cine -en especial cuando se centra en las elecciones de 1934 y en el papel de Hollywood en ellas- y sin embargo pierda tantas veces el hilo, hecho notorio en un trayecto final alargado sin justificación concreta que acaba perdiendo todo el fuelle generado. En buena parte de Mank no existe tensión dramática alguna, no hay un dilema central que obligue a no apartar la mirada de la pantalla como sí existe en la obra que dieron forma Mankiewicz y Welles. Tampoco ayuda, en menor medida, una banda sonora genérica realizada por los mismos autores que hicieron la formidable partitura de La Red Social, aquí desaprovechados en recrear estereotipos.

No obstante, el mayor error de Fincher pasa por ser incapaz de insuflar alma a la obra: Mank se recibe con frialdad, se ve desprovista de emoción al no ser capaz de tejer la relación entre personajes de una forma más concreta. El único nexo que conjunta a la obra es formal. Fincher y su padre han realizado una obra para ser digerida por estudiantes de cine, a quienes no importarán ciertas vacilaciones: el público general será quien cabecee cuando no acabe de entender la relevancia artística que están generando los caracteres de la cinta. Es un crimen que un director como Fincher sea incapaz de generar tensión dramática en una de sus obras, como tiene delito que un relato sobre un guionista tenga como punto débil principal al mismo guion: es una lástima que el propio Mank no haya supervisado la escritura de su propia película.


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