• Marcos Alcaraz

Me llamo John Ford y hago westerns.

Actualizado: abr 9



Si una frase de tan legendario director ha pasado a la historia, es la que encabeza este artículo. “Me llamo John Ford y hago westerns”, frase que los más cinéfilos recuerdan cuando piensan en aquel realizador con fama de huraño, armado con un parche, gorra de béisbol y mirada de pocos amigos. ¿La gracia? Que el posiblemente mejor director de la historia del cine se presentara como un único hacedor de westerns, género menor para academias y galardones en su mayoría, pero viva historia del cine y contenedor de varios de los mejores momentos que haya mostrado la gran pantalla.


Ford soltó esa perla en la reunión de la liga de directores en 1950 donde Cecil B. DeMile pedía enfervorecidamente la cabeza de Joseph Mankiewicz, por aquel entonces presidente de aquel sindicato. Mankiewicz se había negado a impulsar firmas de declaraciones juradas sobre “ser o no ser un comunista” y continuar la caza de brujas que creaba el terror en Hollywood. DeMille acabó su largo discurso llamando comunista al propio Mankiewicz, sin embargo también republicano como el propio DeMille, aunque no tan severo.


Cuando la discusión continuaba en lo más alto y se alargaba a altas horas nocturnas, Ford se levantó de su silla y soltó la siguiente declaración de principios, encabezada por aquella frase ya legendaria: “Me llamo John Ford y hago westerns. No creo que haya nadie en esta sala que sepa lo que quiere el público estadounidense como lo sabe Cecil”. Ford, después de hablar a todos los miembros de la sala, clavó su único ojo en Cecil B. DeMille y finalizó diciendo: “Pero no me gustas, Cecil, y no me gusta lo que has estado diciendo hoy aquí. Propongo que le demos un voto de confianza a Joe y luego nos vayamos a casa a dormir un rato”.


Es curioso cómo se ha extendido a lo largo de los años una visión de Ford como una apoteosis de lo rancio, como un tirano conservador y de maneras fascistas. Es fácil sacar a la palestra su trilogía del fuerte para definirle como un ensalzador de valores y tradiciones de la América más conservadora, o sentirse un tanto incómodo con la visión de la mujer irlandesa en El Hombre Tranquilo, donde los jóvenes espectadores se llevarían las manos a la cabeza viendo a John Wayne arrastrando a Maureen O’Hara por el suelo, agarrada únicamente de su roja melena.


Ese sería el análisis más simplista. Sin embargo, hablamos también del mismo director que retrató la miseria de la sociedad americana de los años 30 en Las Uvas de la Ira, haciendo una de las mayores denuncias sociales jamás vistas amparándose en un libro que prácticamente elogiaba el socialismo a base de destruir todo lo demás. Hablamos también del realizador de una de las mayores loas a la clase obrera en Qué Verde Era Mi Valle, preciosísima historia (para el que aquí suscribe, su mejor película) de mineros sufridores y familias humildes. Un Ford que en sus últimos años, cuando el western lucía luz crepuscular, dio el protagonismo a los indios en un giro radical para su época, y acabó su larga filmografía dando el protagonisto a siete mujeres en un western donde se criticaba duramente a la religión y al sistema de valores conservador..


Aunque su aspecto de hombre iracundo y rabioso no ayuda, Ford siempre fue un poeta. Alguien capaz de hacer lirismo con una cámara, un narrador privilegiado capaz de hacer un estudio de personajes complejo y profundo, de crear historias que acompañan siempre en el corazón y de mantener al espectador embobado con luchadores, perdedores y héroes anónimos. Pocos con tal colección de joyas y obras maestras en su haber. Pero para el malhumorado Ford, él sólo hacía westerns. Y ya era hora de irse a dormir.

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