• Marcos Alcaraz

Mulán o la agonía de Disney



Tras pasar la década de los ochenta dando tumbos sin encontrar la tecla exacta ante un público que les notaba desfasados, Disney vivió un renacer absoluto en los noventa que todavía se extiende hasta nuestros días: la buena racha que se inauguró con La Sirenita (1989) se extendió a ya clásicos como La Bella y La Bestia (1991), Aladdín (1992) o El Rey León (1994). Tres grandes clásicos de la infancia de un par de generaciones y que en los últimos tiempos han vivido como su marca, ahora convertida en un absoluto coloso comercial, ha decidido readaptarlas en versión no animada para un mercado deseoso de recibir nostalgia de tiempos mejores.


Era cuestión de tiempo que se decidiera recuperar la historia de Mulán, uno de los éxitos tardíos de dicha década de los noventa y que era perfecta para nuestros tiempos: recuperar una historia de superación femenina que invertía los clásicos roles de género del cine de aventuras, con una mujer luchando de tú a tú con los guerreros más talentosos de Asia. Si ya ofrecer una heroína de acción en pleno 2020 ya sonaba bien económicamente, a Disney se le debieron hacer los ojos chiribitas teniendo entre manos una adaptación de una leyenda china en tiempos donde el cada vez más boyante mercado oriental tiene más relevancia, teniendo cuenta su alta rentabilidad. Y una vez sin tener en cuenta los aspectos económicos, parecía fácil trasladar a la acción real un espectacular relato de grandes batallas e impresionantes paisajes.


No vamos a incurrir en nuestra opinión de los remakes realizados hasta ahora por Disney como los desastres realizados en El Rey León o Aladín porque nos alargaríamos en demasía, pero esta adaptación de Mulán sorprende siendo todavía peor que aquellas. Mal adaptada, peor interpretada, deficientemente montada y por encima de todo peor dirigida, Mulán reúne todos los defectos usuales de los blockbusters modernos, luciendo como una mera consecución de escenas mal reunidas, donde los actores dicen textos nada inspirados como quien lee un texto administrativo y las grandes sorpresas se relevan sin ritmo alguno. En esta lectura tan funcionarial, el único esfuerzo realizado en pantalla es para escenas de acción pasadas de vueltas al completo, donde se escalan paredes y se realizan piruetas imposibles de manera vertiginosa, pero sin ofrecer por ello ningún pico de divertimento. Además, eliminar las canciones Disney o al divertido dragón al que daba voz Eddie Murphy para dar mayor sensación de seriedad, pero a su misma vez incorporar a una bruja o a un ave fénix gigante, es una de las muchas necedades en un film repleto de decisiones incoherentes.


Pero no hay nada que me llame más la atención que, con toda la facilidad con la que contaban para adaptar una historia como la de Mulán, haciendo así un cuento perfecto para nuestros tiempos con una guerrera empoderada que había escalado con dolor y sufrimiento en un mundo de hombres, al final esta adaptación deseche por completo la capacidad para empatizar con el personaje convirtiendo a Mulán en una superheroína superdotada desde temprana edad, que no solo sobresale en terreno de hombres sino en el mundo terrenal en sí. Sin sufrir en su preparación para ser guerrera, sin sus continuos esfuerzos para defenderse teniendo en cuenta la difícil tarea de estar a la altura de los mejores guerreros de China siendo una mujer nunca preparada para la batalla, lo que queda es un superhéroe sin carisma, interés o nada con lo que una niña pueda sentirse reflejada.


No me queda otra que mandar un mensaje a todos los padres del mundo: evitar algo tan terrible como este, dejen que sus hijas vean la adaptación de Disney original y miren a sus ojos cuando Mulán tome la decisión de suplantar a su padre. Una escena cargada de fuerza y simbolismo destrozada en otra adaptación patosa e innecesaria de una compañía que no para de lanzar piedras contra su propio tejado. Que alguien acabe con esta agonía.


Melopea

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