• Marcos Alcaraz

Royal Blood - Typhoons

Actualizado: hace 2 días


Las malas lenguas se referían a AC/DC como un grupo repetitivo, que siempre realizó el mismo disco, cuando nada más lejos de la realidad: la banda australiana comenzó mezclando el blues primigenio con el boogie rock otorgándole el sudor tan característico de su tierra, llevó esa mezcla hacia la epopeya, hacia la explosión de intensidad en Let There Be Rock o Powerage y llegaron a la perfección sonora apuntalando sus melodías y otorgándoles un plus de comercialidad en Highway To Hell y Back In Black. Y una vez llegados a lo modélico, ahí sí empezaron a repetir esquemas, una vez ya nos encontramos en el séptimo álbum. Tampoco ocurre nada con la repetición si se hace bien, y no son pocas las bandas que en la música se han dedicado a hacer siempre lo mismo y han aguantado a los tiempos por hacerlo, precisamente, bien.

Entre unos y otros, a Royal Blood les hemos convencido de que han de huir de la reiteración: desde que sacaron la continuación de su debut, la losa de la insistencia cayó sobre ellos, y ya desde entonces están dándole vueltas a cómo poder dar una vuelta a su limitada propuesta. A base de decirlo, hasta ellos mismos consideran que tocaron el techo en su debut y que a partir de ahí no existe evolución alguna del sonido que les vio nacer que no sea amoldarlo a otras propuestas. Así hemos llegado a su tercer largo, Typhoons, al que han querido barnizar de una influencia electrónica heredada de bandas como Daft Punk o Justice, una variación para que su música siga sonando fresca.

En esa lucha constante por querer ser actual en todo momento, Royal Blood cometen el error de perder buena parte de la pegada que les caracterizó cuando en 2014 aparecieron con pelotazos como Out Of The Black o Little Monster. Ese frenazo a su fiereza ya se hizo notorio en How Did Get So Dark?, donde el problema no era la repetición de esquemas, sino dar los golpes con menos fuerza. Aquí en Typhoons esa deriva lúdico-festiva se hace más patente, apostando más por el ritmo que por la intensidad. Por suerte, todavía siguen siendo un entretenimiento más que válido, y las fiesteras Trouble’s Coming y Oblivion iluminarán muchas fiestas, demostrando que la capacidad para ofrecer hits pegadizos permanece inalterable. La apuesta por llevarnos a las pistas de baile llega a su máximo en la curiosa Limbo, quizá donde mejor se puede constatar la influencia de Justice en esta propuesta y donde más se acercan a su nuevo objetivo.

No todas las canciones funcionan de igual manera, y en buena parte del disco notamos ciertas carencias que no se terminan de explicar hasta que llega Boilermaker, sin duda alguna el tema mayúsculo del disco y que, paradójicamente, es el que más se escapa de esta nueva propuesta y más se acerca a su primer álbum: guitarras cortantes, un ritmo pegadizo repleto de sudor, sonidos más potentes y la continua obligación de mover la cabeza al son de la batería de Ben Thatcher. Que el tema que mejor funciona sea precisamente el más apegado al estilo Royal Blood, ese del que supuestamente había que huir para no aburrir, nos señala que el problema de la banda no está en la repetición de esquemas: la fórmula funcionaba y daba para más de lo que todos, crítica y cierta parte de su público, han considerado.

Royal Blood siguen siendo un divertimento más que válido, y mantienen esos tres o cuatro temas que acabarás proponiendo en el momento más álgido de una fiesta, pero tres discos después y variaciones mediante continúan dando la sensación de que nacieron alcanzando su techo. Aunque sus carencias como banda son evidentes, su fórmula funcionaba y algunos de sus pasos nos indican que el problema no está en que ya esté muerta, sino en que ya no golpea con la misma fuerza. Puede que el obstáculo esté en no usar los guantes adecuados.

VEREDICTO: Un divertimento menor, con momentos disfrutables, que luce más cuando vuelve a la fórmula adecuada y pierde cuando no sabe hacia dónde dirigirse. 5´5/10





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