• Marcos Alcaraz

Sturgill Simpson: el caballo más rápido de la ciudad




Ch-ch-ch-ch-changes Turn and face the strange Ch-ch-changes Don't want to be a richer man Ch-ch-ch-ch-changes Turn and face the strange Ch-ch-changes There's gonna have to be a different man


En Changes, David Bowie hace referencia al cambio que estaba experimentando el mismo autor, revelando su crisis artística y su desencanto con los géneros musicales que había explorado hasta entonces. “Vuélvete y enfrenta la presión”, canta en un icónico estribillo. Algo así debió sentir Sturgill Simpson a la hora de enfrentarse a su nuevo trabajo en estudio. El que es el cantante más prometedor del country americano, con un Grammy a mejor álbum country en su último trabajo en 2016, puede hablarnos un tanto de presión artística. Y por eso ha decidido pegar una buena patada.


Una carrera que parecía no tener techo, la esperanza de miles de fans en su trayectoria country, la compañía exigiendo otro par de éxitos… Sturgill no es el primer músico que se enfrenta a todo este tipo de cosas. Ni tampoco el primero en criticarlo o hablar de ello en sus canciones. A pesar de ello, su salida por la tangente es notoria: ya cuando hablaba de preparar el álbum, el natural de Jackson, Kentucky hablaba de no parar de escuchar hip hop y viejos discos de funk. Dos meses antes del lanzamiento del álbum, lo presentó hablando de un proyecto conjunto con el director de anime japonés Junpei Mizusaki para realizar un anime donde las canciones conformarían la banda sonora con la inspiración de las películas de samuráis de Kurosawa, en concreto a Yojimbo.


A primeras, un cantante de country que dice escuchar hip hop y que va a acompañar su trabajo con un anime no parece que vaya a hacer un disco de country al uso. Y vaya que no. En el primer single los puristas estaban avisados: les iba a caer una patada en la cara de proporciones bíblicas. Sing Along avisaba de donde iban los tiros: un ritmo boogie hecho con sintetizadores por encima de una tonadilla que podría formar parte del cancionero de ZZ Top. Llegado el álbum, Sound and Fury no hace prisioneros: la huida hacia adelante del autor es cuanto menos notoria. El sombrero vaquero queda encerrado en el armario: Sturgill ahora lleva una chaqueta de cuero, gafas de sol y un pastillero que no le cabe en el ajustado pantalón.





El comienzo es una clara declaración de intenciones: el ruido del motor de un coche precede al sonido de la búsqueda de una emisora concreta: Sturgill no nos lo puede dejar más claro. El cerrar de un maletero abre la intensa Ronin, una introducción instrumental con la guitarra de Simpson prácticamente ardiendo. Remember To Breathe es probablemente el mejor tema que hayan hecho Black Keys en una década sin ser siquiera de Black Keys; A Good Lock es dejar a un miembro de Cream en una rave provisto de cualquier herramienta de equipaje y obligarle a componer algo antes de irse a dormir; una vez llegados al pasaje electrónico de dos minutos de Make Art No Friends –no se puede ser más explícito- uno llega a cuestionarse si realmente no se ha equivocado de álbum. Las guitarras llegan a abrasar, la producción – repleta de bases de sintetizadores – hace recordarnos a una versión del Eliminator de ZZ Top circa 2019, el bajo amenaza con romper el equipo de música. No hay concesión: Best Clockmaker On Mars derriba paredes con el riff más hard rockero que haya realizado jamás el autor. Solo hay un adjetivo posible: abrasivo, tremendamente abrasivo.


Hace cierta gracia pensar en cómo ha llegado a este momento un purista country de toda la vida: el coche de Sturgill va dejando un rastro de fuego por la carretera que les ha calcinado los pies. El primer momento al que agarrarse es All Said And Done, primer y único momento donde Sturgill rebaja el pistón y ofrece algo más o menos semejante al resto de su carrera. Es un mero momento puntual para coger aliento: llegado el final, nos encontramos las dos mejores canciones de un trayecto ya de por sí notable, con Mercury In Retrogade, posiblemente la pieza donde mejor encaja la idea del autor y la trayectoria de su música; y los siete minutos más explosivos que nos haya ofrecido Sturgill Simpson jamás en Fastest Horse In Town: siete minutos de guitarras al máximo nivel en una cadencia abrasiva –había que apuntarlo de nuevo- en tono in crescendo que acaba pasándonos por encima.


No parece que el camino de Sturgill vaya a seguir por este punto y seguramente este trabajo quede como un paréntesis en su carrera. Pero cómo paréntesis podemos estar hablando de uno de los mejores álbumes rock del 2019 y un trabajo que puede mirar a la cara a lo mejor del propio autor, si bien incluso superarlo: una burrada de 41 minutos que no puede dejar indiferente, un coche que cuando aparca al final del largo no ha dejado títere con cabeza a su paso. Sin duda alguna, Sturgill Simpson es el caballo más rápido en la ciudad.





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