• Marcos Alcaraz

Succession: los ricos también juran



Siempre decía la buena de mi madre cuando yo todavía era un pequeño mocoso que los miembros de buenas familias no decían tacos. Que eran tan correctos que ni siquiera precisaban de lavarse la boca. Como por aquel entonces no tenía concepto alguno de clase social, a primeras los miembros de primera categoría me parecían aquellos de estatus más relevante. Para mi infantil imaginación, los reyes, por ejemplo, no podían siquiera pensar en un insulto: me era hasta descarado intentar imaginarme a la Reina de Inglaterra maldiciendo -aún no tenía conocimiento de su afición por la ginebra- o a los miembros más destacados de la comunidad rebajarse a mancillar sus labios con un improperio. No, para mí joven reflejo del pasado los insultos estaban reservados para la inmundicia que conforma el subsuelo de la escala social. Jurar sólo se lo podían permitir ladrones, bandidos de la peor calaña, los piratas de los cuentos y los secuestradores de niños. Y cuantos más oprobios soltara, más posibilidades tenía de convertirse en uno de estas alimañas.


Aunque con la edad comencé a reparar en que un mayor estatus social no implicaba precisamente una mayor calidad moral -incluso llegué a descubrir que era imposible alcanzar uno sin rechazar de facto el otro- y que aquí juramos al cielo del primero al último de los seres humanos que pululamos por esta tierra, aún así me consterna la cantidad de improperios que se llegan a usar en Succession. No únicamente su cantidad, siquiera ya su calidad, sino también su propio uso, pues los personajes de la familia Roy se permiten jurar e insultar en situaciones donde jamás cabría trato semejante. No deja de tener sentido en esta ficción -como así también en la realidad- que una posición de mayor autoridad y poder implique una capacidad superior de mancillar al otro, pues nada da más suficiencia que la sensación de superioridad, sobre todo cuando ésta es real y palpable.


Gran parte de la fascinación que provoca seguir las dos temporadas de Succession no radica en la cantidad de sus improperios ni tampoco en su calidad natural -aunque no deja de ser un buen motivo para sentarse frente al televisor. Esa capacidad innata de atracción proviene de reflejar la vida y actos de una familia procedente de un mundo inaccesible para nosotros los espectadores: el día a día de quienes conforman ese uno por ciento de la población que controla, domina y por encima de todo es dueño de todos los demás. Por mucho que creamos que sabemos cómo viven, ninguno de nosotros tenemos acceso a él, así que la ventana que nos abre a un lugar que con toda probabilidad siempre tendremos inexplorado es un atractivo suficiente para despertar nuestro interés. Lo que termina de captar toda nuestra atención es que los miembros de esta familia son ruines, despiadados y reprobables, y su día a día se basa en esquivar dagas voladoras mientras intentan lanzar las suyas propias. En teoría son hombres como nosotros, en la práctica lo son mucho más.


No es nueva la fórmula ya que siempre nos han fascinado las disputas familiares en televisión, en grado sumo si los miembros de este clan se codean con el poder y la fortuna. Ya marcaba esa tendencia en los años ochenta la aparición de Falcon Crest o Dallas, culebrones con una capacidad de adicción mayor que la heroína, o recientemente las luchas familiares de los codiciosos personajes de Juego de Tronos; pasando obligadamente por las desventuras de ese hombre de familia vinculado a la mafia y llamado Tony Soprano. Cómo la ambición de poder puede corromper el lazo sagrado del linaje ha mantenido a generaciones pegadas a la pequeña pantalla. Es fácil entonces reconocer cuál es el secreto de la fascinación que provoca seguir las andanzas de la familia Roy en Succession, esa tragedia shakesperiana de tintes cómicos que nos habla de una realidad que no puede estar más alejada de nuestro propio sistema y que nos demuestra que, en la mayor de las alturas, no puede concebirse un mayor grado de bajeza moral. Un culebrón que se puede convertir en nuestra obsesión -especialmente en una segunda temporada a la altura de las más grandes- y donde las mayores batallas son verbales.


Entra castillos, palacios, yates y fiestas, sin respiro entre cada fuck off -una de las peores expresiones de la lengua anglosajona- que lanza despiadadamente el cabeza de familia Logan Roy, es probable que estemos hablando de un retrato fidedigno de esa élite, y que realmente vivan en una competición continua para decir la mayor de las crueldades, el chiste más ingenioso posible o la bestialidad más inaudita. Es ahí donde acabamos descubriendo que aquello que nos decían de niños no podía estar más equivocado: los mejores insultos no se realizan en las tascas, sino en los grandes rascacielos.


(No puedo escapar la ocasión de poner el tema musical de la serie de Nicholas Britell, sin duda alguna uno de los más destacados en los últimos años en unos maravillosos créditos de apertura)


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Melopea

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