• Marcos Alcaraz

Tenet o no Tenet

Actualizado: sep 4



Tenet, y por tanto Christopher Nolan, va a salvar el cine. O al menos así fue en las palabras del propio director cinematográfico, quien recogió el deber de ser el estreno más relevante de una temporada de cartelera atípica sin necesitar mucho esfuerzo. Ahora, pasadas las semanas, se terminó autocorrigiendo apuntando que bueno, que tal vez no, que quizá no sería el único héroe de esta función en la que vivimos. Sea como sea, Tenet ha sido el primer gran estreno posterior a la pandemia que nos asola, y todos los que llegan después observan con gran atención su desempeño en su paso por taquilla: de su éxito dependerá que veamos o no varias de las propuestas que mantienen su esperanza de publicarse en 2020. Con semejante responsabilidad, esperamos que, por el bien del cinéfilo, de las salas de cine y de los trabajadores del sector, Tenet sea un éxito total y absoluto que marque el inicio de una “nueva normalidad” en los cines de todo el planeta.


Este nuevo film de Christopher Nolan supone su regreso a la ciencia ficción elefantiástica en la que ya había incurrido ofreciéndonos Origen (2010) e Interestellar (2014), antes de dar un giro al género bélico sin grandes artificios en Dunkirk (2017), en la que dejó fríos a sus habituales -y enamoró al que aquí os escribe. Ahora vuelve de nuevo a los conflictos espacio-tiempo, a las entropías y a ofrecer a paladas a sus incondicionales esos tratados de física cuántica con los que le gusta juguetear, aunque la constante del tiempo es una referencia principal en su filmografía desde que parió Memento (2000). La principal apuesta del film es recrearse en el contraste del movimiento hacia atrás, lo que nos ofrece un par de escenas de acción de interés, como la que sucede en una autopista o la pelea física que vive el protagonista en el hangar del aeropuerto, aunque pierde capacidad de fascinación en una batalla final un tanto innecesaria, donde una serie de escenas algo confusas nos impiden reparar bien en qué va con normalidad y qué no. En todo caso, y aunque sorprendente, Nolan ha logrado fascinar con mayor soltura en anteriores películas: no se beneficia de una fotografía gris y cansada que, en su lucha por intentar reflejar lo cotidiano, acaba siendo mundana. Se echan de menos montañas y olas gigantes o ciudades que se repliegan en sí mismas entre tanta localización anodina.


Ahora, quedándonos únicamente con su validez cinematográfica, no hay cine que pueda salvar un desastre como Tenet. Nolan, pensando que ya era suficiente complejidad el tratado del determinismo que marca con su historia de avances y retrocesos en el espacio-tiempo, reduce las aristas del guion a los mínimos. Lo que queda entonces es una versión mediocre del cine de espías comercial: sus caracteres solo tienen el propósito de avanzar la trama sea como sea, desprovistos de cualquier motivación, personalidad o detalle que pueda ser de interés. El protagonista es, simplemente, héroe: nunca sabemos por qué está metido en tal meollo más allá de porque se lo han pedido. El villano de la función, interpretado con dignidad por Kenneth Branagh, intenta ser un homenaje a las némesis de James Bond que acaba derivando en parodia: de milagro no aparece en pantalla acariciando un gato y riendo con risa malévola. Que la mayor pincelada que se le haya dado para su caracterización sea su acento ucraniano lo dice todo: cuando quedan pocos minutos para finalizar la película se le dan unos golpes de eco-terrorismo que podrían haber sido más interesantes si se hubiesen desarrollado con algo más de atención y mimo.


Ni siquiera entrega las mínimas intencionalidades necesarias que ofreció en Origen -Cobb quiere reunirse con su mujer e hijo, pero no puede- y relega a la nada a una estrella de la función a la que ni siquiera dota de nombre y a su compañero, a quien encarna Robert Pattinson, le otorga un papel enigmático resuelto en un cliché fácil al término del metraje. Esto no es raro en las sagas de espías de calidad dudosa con las que al final Tenet acaba emparejada, aunque aquellas que pasan de una caracterización sesuda de sus protagonistas se encomiendan al carisma de sus actores, como es el caso de Misión Imposible y Tom Cruise, o James Bond y Daniel Craig (por escoger a uno cualquiera). Sin embargo, el carisma de John David Washington, hijo de ese huracán interpretativo que es Denzel, no está ni mucho menos a la altura de su padre ni tampoco de los ejemplos anteriormente citados.


Nolan confunde complejidad con ocultar información y acaba liando al espectador en un guion confuso y atropellado. Si alguno de los espectadores acaba liándose en el film, es más culpa de la incapacidad de Nolan para guiarle que por la dificultad que entrañe seguir la historia en sí. Que eluda dar información necesaria no evita que explique antes de cada escena qué ocurrirá en ella, aunque su mayor problema es la calidad de aquello que sí cuenta: analizados fríamente, no ha tenido el cine de Nolan diálogos más simplificados y facilones que los que ofrece Tenet. Uno de los momentos álgidos del film, lo que debería ser una conversación tensa y fría entre Elisabeth Debicki y Kenneth Branagh en un barco, acaba siendo un festival de frases hechas y clichés mil y unas veces vistos hasta ahora; la acción se vez mezclada de diálogos no muy lejos de lo más plano del cine comercial actual, a veces aplacados por la atronadora banda sonora, que somete al film en una atmósfera de tráiler alargado.


Si Christopher Nolan hubiera puesto la mitad de mimo a las necesidades básicas del film que a la inversión que quería que viéramos, hablaríamos de una incursión muy competente en la ciencia ficción. Sin embargo, apartada esta alteración, no queda nada más que ofrecer en Tenet, una película tan centrada en sí misma que en su base acaba convirtiéndose en un serial mediocre de espías, y por tanto, en la primera obra fallida de un director que, gustando más o menos, siempre ha ofrecido producto de interés. Puede que con su lanzamiento acabe salvando a las salas y a las productoras: en lo puramente cinematográfico, a Tenet cualquier heroicidad que se le suponga se le quedará grande.


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