• Marcos Alcaraz

Una gambitera en Moscú



Hay que diferenciar a un buen entretenimiento entre aquellos productos generados para ser consumidos con facilidad. Por un lado están las distracciones que sirven para matar neuronas frente al televisor que son olvidadas al poco tiempo de ser vistas, cumpliendo su función: algo similar a un plato de comida rápida. No tengo nada en contra de la comida rápida: siempre recuerdo aquella anécdota de un periódico que envió a un galardonado cocinero como crítico gastronómico a un Mcdonalds esperando que entrara en cólera con el producto y acabó sorprendiéndoles admitiendo que la hamburguesa no estaba nada mal. En este ejemplo cinéfilo-seriéfilo, nada tengo contra aquellos seriales que sirven para pasar una tarde aburrida y matar el tiempo, tan rápido en tantas ocasiones como desesperadamente lento en tantas otras. Pero no es lo mismo hablar de un matarratos que de un entretenimiento de primer orden, y hemos de saberlo diferenciar, y también, elogiar.


El cine, y alargamos también a las series de ficción para este caso, es simple y llana evasión. Decía el maestro Billy Wilder que una película era de calidad en el momento que hacía olvidar al espectador de que había aparcado el coche en doble fila o se había dejado el gas abierto. Wilder era firme defensor del producto audiovisual como mero entretenimiento, y admitía aburrirse como una ostra con Antonioni como a la misma vez elogiaba hasta el paroxismo obras como Forrest Gump. Pero dentro de la propia evasión debemos establecer categorías que diferencien entre aquellos productos diseñados para desconectar el cerebro del todo -véase como ejemplo la casi completa totalidad del catálogo de Netflix- y aquel entretenimiento absorbente que no permite que despegues la cabeza de la pantalla, pidiendo toda tu atención y ofreciendo, además de un espectáculo en condiciones, posibles lecturas sociales o morales que puedan hacerte pensar una vez finalizados los títulos de crédito. Un producto escapista que trascienda el mero pasatiempo y se convierta en un entretenimiento de calidad es altamente complicado de trabajar, tan elogioso como cualquiera de las otras búsquedas de estimular o confrontar al espectador posibles.


Gambito de Dama, Queen’s Gambit en su título original -una faena para los traductores españoles, a la vista el resultado y el nombre de esta entrada- es precisamente un entretenimiento de calidad. De bastante calidad. Y no tiene otra aspiración que encontrar la perfección en cuanto a su capacidad para divertir al espectador, sin ninguna intención de trascender o aspirar a algo más allá que eso. Pero lo hace de forma tan convincente que, tal y como hizo recientemente Green Book en el cine, logra estimular tanto al espectador que logra formar parte de éste. Siguiendo los ejemplos gastronómicos, hablamos de un filete con patatas con salsa casera exquisito. ¿Existen platos más elaborados que este? Por supuesto, pero un buen trozo de carne, con el acompañamiento idóneo, puede ser más delicatessen que muchos otros alimentos con más ínfulas.


Nos cuenta la historia de una joven prodigio del ajedrez en los años sesenta adicta a todo aquello que pueda provocarle un buen viaje con el que sumergirse en sus obsesiones ajedrecísticas. Aprende a jugar en el sótano de un orfanato acompañando los ratos solitarios y tristes del bedel del edificio: rápidamente descubriremos que está llamada a ser una leyenda. Su camino del héroe será vencer a los todopoderosos jugadores soviéticos, dominadores absolutos de toda la profesión, luchando contra sí misma y sus ganas de meterse un buen desfase. La serie trata la obsesión, la fascinación por un deporte, las adicciones y en menor medida, los roles de género de una mujer hace 50 años. Se apoya para su éxito en saber contar una historia con el ritmo idóneo, la exposición adecuada y los componentes narrativos concretos: hágase un aparte para destacar la inteligencia con la que están dirigidas todas las partidas de ajedrez, siendo este un deporte poco espectacular de simular en pantalla y al que no todo el mundo muestra la misma atención. No hay dos partidas de ajedrez dirigidas igual en todo Gambito de Dama, realizando un muestrario de trucos para nunca hastiar al espectador aplaudible. Se sustenta casi al completo sobre los hombros de una actriz, Anya Taylor-Joy, en el hasta ahora papel de su vida y que le ayudará a dar el salto a grandes ligas, rodeada de unos competentes secundarios destacando a Marielle Heller como la madre adoptiva de nuestra protagonista. Y termina de redondearse con una banda sonora que destaca por apuntalar el clima de aventura y emoción gracias a una partitura de claros tintes clásicos. Y además suenan grandes temas pop de los 60: nada más se puede pedir en el apartado musical.


La historia es harto previsible, y no son pocos los paralelismos que podemos realizar con la cuarta entrega de Rocky -aquella donde vencía al luchador soviético en la misma Rusia que se sentía como un placer culpable-, pero es una baza a favor de la serie cómo juega continuamente con las expectativas que hemos generado con ella: nos ha hecho tan partícipe de esta historia que, estimulados por el hecho de que es una competición constante, nos vamos alegrando de las victorias de la protagonista. Perder sería una traición al espectador, que siente los jaques de las partidas como si estuviera animando a su equipo de fútbol habitual. Todo está orientado a conseguir el apoyo de la audiencia: al fin y al cabo hablamos de una mujer luchando por escalar en un mundo eminentemente masculino, por ello un caballo perdedor por mucha cabalgada que tenga con el que es fácil empatizar. Y que nunca se noten sus claras argucias habla también del talento del narrador, logrando no ser nunca enfático ni cayendo en el subrayado y dejando críticas sociales en la imagen y no en la palabra de ninguno de sus personajes: véase aquellas mujeres de sociedad con la bolsa llena de licores bajo el carrito del bebé.


Gambito de dama nos recuerda tiempos donde se trataba con más cuidado al espectador a la hora de ofrecerle entretenimiento escapista, rememorando en buena cantidad de ocasiones -y no solo por su trabajada ambientación- a ese espíritu naif del Hollywood clásico donde todo lo que ocurría en pantalla era mágico y nada podía ser imposible. Una historia de superación en gran medida feliz, repleta de triquiñuelas para que el espectador se sienta partícipe de casi un cuento sin dejar de tratarle como el adulto que es y cuyos resortes funcionan a las mil maravillas. Y en efecto, hemos de catalogarla como un gran producto de entretenimiento, capaz de hacernos olvidar que hemos dejado el gas encendido o que tenemos el coche aparcado en doble fila. Y por ello mismo merece un gran elogio.


Melopea

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