• Marcos Alcaraz

Yves Tumor - Heaven To A Tortured Mind




Mi primer contacto con Yves Tumor fue encontrando su nombre entre la marabunta de confirmaciones del BBK Live, a celebrar -veremos- este año. Creo que lo único que retuvo mi interés fue su apellido. A las pocas semanas leí los comentarios de un par de conocidos que hablaban de él como una de las gemas más interesantes del cartel, lo que alentó mi interés y me incitó a escucharlo. Lo que me encontré estaba muy fuera de mis intereses musicales: el que hasta ahora era su último trabajo en estudio saltaba de estilo en estilo en una muestra de sonido muy heterogénea pero que casi siempre se encontraba alejada de mis intereses musicales. Si tuviéramos que definirlo como un todo, definiríamos a Tumor como un habitual de la electrónica experimental con toques ambientales e incluso momentos de techno sin adulterar.


Con estos precedentes vuelvo a escuchar de Sean Bowie -el nombre real detrás del artístico-, esta vez respecto a su último trabajo. En concreto escucho que se ha acercado a sonidos que me son más habituales. Que ha querido condensar todos sus estilos en un álbum más homogéneo que sus anteriores. El interés vuelve a crecer en mí, esta vez con una ligera sombra de recelo. Y de este modo, llego a Heaven To A Tortured Mind.


Si hay algo que no se puede reprochar a este nuevo álbum es de falta de coherencia interna, ya que todas sus canciones responden a un único propósito: casi reinventándose a sí mismo sin que signifique eso que abandone su propia propuesta, nos encontramos con 36 minutos de soul, funk y rock en una nueva dirección más digerible y accesible, todo recubierto en capas de sonido repletas de furia. Un trabajo que trae reminiscencias de Prince con habitualidad -que podría haber firmado alguno de los temas aquí presentes, como es el caso de ese incendiario Kerosene! con dos solos de guitarras que podrían haber sido extraído de demos antiguas del de Minneápolis- como también de James Brown o Marvin Gaye: me atrevería a decir que en varios de sus temas no es posible otra forma de etiquetar a su estilo como simple y llanamente rock, un rock que emerge del caos y de lo retorcido, que a base de recuperar a los clásicos logra hacer sonar al futuro.





La accesibilidad del propio álbum no sólo está apoyada en su duración, superando por no mucho la media hora y con piezas que no sobrepasan en su mayoría los dos minutos, sino porque los doce temas que lo componen pueden tratarse de doce hits, fáciles de trocear, escuchar por separado y llegar de este modo a un público mucho más amplio que el habituado al artista, que tendrán una sencilla y práctica puerta de entrada a su mundo violento y ruidoso. Todo ello sin caer en tics previsibles o en concesiones explícitas al oyente. Desde la pegadiza Gospel For a New Century, que inicia el álbum y que irrumpe como una manada de elefantes sonora mezclando a Prince con Marilyn Manson, pasando por la seductora Romanticist o la muy Marvin Gaye Hasdallen Lights. Conforme avanzamos en su duración encontramos sonidos más esperables del autor sin que estos rompan el propio concepto del álbum, mezclándose con altura con las numerosas capas sonoras que lo conforman y confluyendo todas sus propuestas en una sola.


Si a este cóctel añadimos unas letras llenas de rabia muy apropiadas para el momento que vivimos, hablamos de un claro aspirante a convertirse en uno de los lanzamientos más destacados del año, y como mínimo a formar parte con letras de oro en la carrera del propio artista, del que habrá que seguir sus pasos venideros para ver si ha encauzado las múltiples variaciones de su sonido o si por el contrario nos encontramos entre uno de los muchos experimentos que suele ofrecer.




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